La Necesidad del Avivamiento de Religión

Por John MacNaughtan 

Traducido por Lasaro Flores

Ilustraré la necesidad por un avivamiento de religión en la condición presente de la iglesia, señalando a hechos y circunstancias que humillan al creyente y condenatorio de la iglesia.

¿Cuándo Es Requerido Un Avivamiento? Dondequiera que hay pruebas de la muerte espiritual en, o alrededor, la iglesia profesa; dondequiera que hay en lo actualidad un decaimiento o el estado latente en la energía o la actividad de sus miembros; o dondequiera que hay la ausencia de una progresión en esos hábitos y sentimientos y principios que distinguen la vida divina hay una necesidad para un avivamiento. Si, entre los profesores de una fe santa, encontramos una conformidad creciente para el mundo en sus pasiones, en su política, o en sus prácticas una falta de la sensibilidad a los reclamos de Dios, por la gloria de Jesús, o para los intereses imperecederos de las almas inmortales una falta de vida en la devoción, una falta de espiritualidad en el sentimiento y sentir un consentimiento para desfilar una cristiandad achicada y secada delante del mundo, como si fuera la imitación saludable y crecida de una fe viva e energética nosotros podemos decir que un avivamiento es necesario; y esto a pesar de alguna excepciones dispersadas y espléndidas de un celo casi apostólico, o de un fervor seráfico, que puede dar lustre o dignidad a la edad o la iglesia con que ellos son conectados.  

No hay dificultad en determinar cuando un avivamiento es necesario en el mundo de la naturaleza: permite el invierno prolongar su reinado por los meses de primavera, y esparce su manto de nieve, como una mortaja inmaculada sobre los campos que eran acostumbrados en esa temporada de ser verdes y jubilosos; permite el tiempo para el cantar de pájaros que llegue, y ninguna música es oída en las arboledas sin hojas; permita el sembrador llenar su mano con la semilla preciosa, pero es negado la oportunidad de dispersarla sobre la tierra; y aunque podamos presenciar aquí y allá la campanilla del invierno levantar su cabeza, como el heraldo de la belleza vernal entre las nieves malsanos, inmediatamente concluimos que un avivamiento es necesario. Nosotros anhelamos por la brisa afable, el chaparrón que refrescan, el rayo del sol que revigoriza, que la tierra pueda escapar del desperfecto de un invierno largo, se pueda adornar así misma en toda la belleza nupcial de una primavera de apertura, y publicar la promesa de una cosecha rica y lujosa. La misma conclusión se fuerza sobre nosotros cuando un verano frío y que marchita tiene éxito antes de una sementera temprana y de promesa, deteniendo los avances de una vegetación necesitada, y casi apagando las esperanzas del labrador. El botón de la flor media abierta que se dobla en su tallo debilitado parece implorar por el rayo de sol revitalizador para desarrollar su belleza ocultada, y tirar el ruborizado de la belleza del verano en la mejilla desteñida de un mundo triste.

Es semejante en el mundo de gracia, en el gran jardín espiritual. Cuándo el invierno de la conformidad mundana parece o sea retardar los brotes de promesa, o sea detener su crecimiento después de indicaciones de la vitalidad hayan parecido, decimos que un avivamiento es necesario. O, para dejarnos de toda metáfora, cuando hay pocas conversiones bajo los servicios de la iglesia, y las almas perecen alrededor de ella, no compadecidas y desamparadas; cuando hay una suspensión o retiro evidentes de esas influencias espirituales que son sólo eficientes para convencer o aliviar; cuando hay una deserción visible de los principios reconocidos, o de la piedad alcanzada, y una formalidad tibia que usurpa el lugar de una cristiandad generoso, dedicada, y viva decimos que un avivamiento es requerido.

Las Circunstancias Que Hacen El Avivamiento Necesario. Vamos a considerar las circunstancias específicas de la iglesia de hoy que hacen el avivamiento necesario. La primera prueba es la extensión limitada de la iglesia visible en los días presentes. Si examinamos las dimensiones de la iglesia, o sea como impuestas en el pacto hecho con Emmanuel, o sea como descrito en el lenguaje claro de la profecía santa, encontramos que éstos son inmensurablemente vastos, cuando son comparados con el territorio limitado que posee y reconoce el poder del Redentor: En el uno, todos los reinos del mundo son delineados como llenos del conocimiento de Dios, besando el cetro, y proclamando las alabanzas de un Salvador adorado Su dominio es desde el mar a mar, y desde del río hasta al fin de la tierra; en el otro, la extensión territorial ocupada por la iglesia profesa del Señor es muy insignificante en verdad.

En segundo, la falta del celo en la iglesia por la gloria de Emmanuel, la debilidad de lo que admirablemente ha sido llamado "el espíritu evangelístico," y la letárgica indiferencia con que la perdición de las almas inmortales es considerada, establece que un avivamiento es necesario. Tal carga puede, de primera vista, parecerse apenas admisible en esta edad meneadora y activa entre las numerosas instituciones en la operación vigorosa por la conversión del mundo, y del atavío espléndida de nombres y contribuciones que atraen anualmente el ojo público, y la elocuencia deslumbradora con que cada triunfo en costas extranjeras es anunciado del púlpito y plataformas. Quizás sea imaginado que el celo intrépido y la actividad insomne interminable fueron las características indudables de esta edad entusiasmada.

Pero cuando consideramos tranquilamente la cantidad de energía puesta, como los medios a un fin como la maquinaria ideada y existente para convertir al mundo a Cristo como el esfuerzo que es puesta a la respuesta de los reclamos de Dios y a las llamadas de un mundo que perece, nos sentimos como si requeríamos de borrar enteramente tales términos como sacrificio y abnegación del vocabulario cristiano. Si tomamos el mandato del Salvador como nuestra regla, Su reino como la esfera de nuestra operación designada, el celo de Sus apóstoles como el modelo de nuestro propio, no podemos fallar de ser humillados y avergonzados. Debemos ser persuadidos y convencidos que un impulso poderoso debe ser dado a la cristiandad lenta de los tiempos, que debe haber un aumento de lo que es llamado benevolencia, ambos en espíritu y en hecho que de verdad un avivamiento es necesario.

Una tercera observación es que las divisiones en la iglesia demuestran la necesidad de un avivamiento, antes que la Iglesia pueda recobrar su fuerza quebrantada, y llegar a ser embellecida con ese amor fraternal que es el vínculo de la perfección. Mientras la controversia no es siempre un síntoma de una cristiandad débil ni decaída, las contiendas presentes han sido dentro de la iglesia misma; y su unidad santa ha sido groseramente alquilada por disputas triviales. ¿No debe provocar Su disgusto el cisma no autorizado, apagar Su Espíritu, y tiene como resultado el retener de la gracia sin la cual la iglesia tiene que marchitarse y debilitarse y decaerse?

Por último, la languidez del espíritu devoto en la iglesia demuestra la necesidad por un avivamiento de religión. Es uno de las anomalías extrañas de estos tiempos, que nos juntamos con un asentimiento dispuesto a todo que puede ser instado o puede ser discutido sobre la omnipotencia de creer, la oración importuna, y todavía raramente ser traídos en contacto con la cosa misma. La teoría es acreditada universalmente; el hecho es descuidado generalmente; como si las declaraciones claras de la Escritura con respecto a la potencia, la eficacia casi milagrosa de la oración, fueron diseñadas como una almohada en que la iglesia pueda dormir, en vez como un estímulo poderoso para despertar a acciones heroicos y urgir a esfuerzos gloriosos en la causa del Redentor. ¡Ah! Hay la necesidad por un avivamiento aquí, el que solo será producido por la efusión del Espíritu, el Espíritu de gracia y de súplica.

El Remedio del Avivamiento. Recoge estos pensamientos dispersados: la esfera condensada de los esfuerzos de la iglesia, y de la debilidad de estos esfuerzos mismos, su condición dividida, y de su piedad sin vida y diga, ¿no hay una necesidad por un avivamiento? ¿No creeremos que cuándo el Espíritu de Dios es derramado de lo alto, Sus gracias, como mareas de plata fundida, enriquecerán primero Sus escogidos y luego salir por todo el mundo  para ampliar y ennoblecer sus hijos empobrecidos? ¿Creeremos que cuando un avivamiento sucede en una escala proporcionada con las necesidades de la Iglesia, que ella se despertará de su dormitar, poner sus hermosas prendas de vestir, y, rica con todas las gracias con las cuales el Salvador adorna abundantemente a Su Novia escogida, saldrá adelante en Su nombre para hablar paz a las naciones? ¿Creeremos que cuando un avivamiento es producido, que los corazones de cristianos llegarán a ser casi visiblemente la habitación de Dios por el Espíritu, y son irradiados con toda la gloria moral de Su presencia Divina?

¿No imploraremos por un tal tiempo? La fe más pura demanda que lloraremos en voz alta y sin reservación; si, que lloremos y lamentemos porque ese día es demorado. Oh, si la Iglesia fuera pero viva a esta necesidad urgente, si ella solo sintiera cuánto de culpa es apegada a ella porque la bendición es retenida, si ella solo considerara cómo su incredulidad y descuido de la oración es una barrera, como son, de las promesas más dulces de Jehová hubieran de humillarla al polvo a causa de su pecado, y su culpabilidad reconocida sería el heraldo del día de amor.

Ustedes los hijos del pacto vayan, lloren entre las tumbas de millones perdidos, lloren entre las tumbas de las gracias enterradas, lloren entre las ruinas que su propia falta de vida han causado en la iglesia y alrededor de ella; y cuando la lágrima de arrepentimiento ha llenado el ojo del alma, mire por ella a un Salvador herido, y diga, “Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, en medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia” (Habacuc 3:2).

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85.John MacNaughtan fue ministro de High Church en Paisley Escocia. Su artículo completo es encontrado en Lectures on the Revival of Religion (ch. XIII), originalmente publicado en 1840. Una reimpresión de este libro puede ser adquirida de Richard Owen Roberts Editores, Box 21, Wheaton, IL, 60189. Los extractos fueron seleccionados y fueron redactados por Lowell D. Yoder por Godliness (The Puritan Vision of the Christian Life) (chs. 3 & 19).

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