UN
CORAZÓN LIMPIO
“Crea
en mí, oh Dios, un corazón limpio” (Salmo
51:10)
(Todas referencias son de la
Versión Reina-Valera-Gómez 2004, excepto cuando notado)
Estas
palabras fueron escritas por David después de que
él hubo cometido el
adulterio con Betsabé y tuvo a su marido Urías muerto
para mantener su pecado
escondido. Usted puede leer todo acerca de esto en 2 Samuel 11 y 12.
Verdaderamente,
esto es una cuenta trágica de lo que puede suceder a un creyente
siempre que
ellos se rinden a pecar en vez de huir de su maldad. Creo que podemos
relacionar esto a la reincidencia en nuestras vidas; porque siempre que
somos
tentados a pecar debemos resistirlo. Pero ¡ay! Así como
David cedió ante su
concupiscencia como leemos en 2 Samuel 11:1-4, ¡tristemente
tenemos que decir que
muchas veces nosotros hacemos lo mismo! Oh, quizás tratemos de
excusarnos, e
incluso culpar a otra persona de nuestro fracaso, mas tenemos que
confesar que
es nuestra propia culpa; y esto según a la Palabra de Dios: “Cuando
uno es tentado, no diga que es tentado de
parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado con el mal, ni
Él tienta a
nadie; sino que
cada uno es tentado cuando de su propia
concupiscencia es atraído, y seducido. Y
la concupiscencia, cuando ha concebido, da a luz el pecado; y el
pecado, siendo
consumado, engendra muerte” (Santiago 1:13-15). Por lo tanto,
lo que David hizo es típico de la reincidencia: La
tentación de pecar es
presentada (y puede venir aún de dentro de nuestro propio
corazón), la
concupiscencia es activada en nosotros, nosotros consentimos a ella, y
miserablemente caemos en ello.
Ahora,
lo que David hizo es una manifestación del pecado morador en
nosotros. Aunque los creyentes verdaderos de Jesucristo hayan nacido
otra vez y
han sido dados un nuevo corazón y nuevo espíritu, y son
morados por el Espíritu
Santo (Ezequiel 36:26, 27); no obstante, tenemos que tener presente que
tenemos
todavía una naturaleza pecadora. Por eso tenemos que
constantemente, por la
gracia de Dios, "despojarnos del
viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos
engañosos; y renovarnos
en el espíritu de nuestra mente, y vestirnos
del nuevo hombre, que es creado según Dios, en justicia y en
santidad verdadera” (Efesios
4:22-24; cp. Colosenses
3:9, 10). Si no hacemos eso, amados, entonces nos encontraremos
cediendo ante
la tentación y cayendo en el pecado. Aunque sea verdad "que nuestro viejo hombre fue crucificado con (Cristo), para
que
el cuerpo de pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más
al pecado"
(Romanos 6:6); y que “el pecado no se (ha
de) enseñorear de nosotros; pues no
estamos bajo la ley, sino bajo la gracia” (v.14); mas como
Pablo confiesa
en el capítulo siete: “Y yo sé que en
mí
(esto es en mi carne) no mora el bien; porque en mí está
el querer, mas no el
hacer. Porque
no hago el bien que quiero; sino el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo
que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora
en mí”
(vv.18-20). Por eso es que somos exhortados: “Sobre
toda cosa guardada guarda tu corazón;
porque de él mana la vida” (Proverbios 4:23); de otro
modo, tendrá el
reinado libre a “los deseos de nuestra
carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos”
(Efesios
2:3), que es la cosa natural para el “viejo
hombre” en nosotros hacer.
Pero
note primero, que David
reconoce la depravación de su corazón en que él
ora: “Crea en mí,
oh Dios, un
corazón limpio”. En hacer esto, él
confiesa que lo que él ha hecho
viene de su corazón siendo ensuciado con el pecado y ve su
impureza que ha
producido sus acciones malas. Lo que Jeremías dijo acercas del
corazón es
todavía verdad para nosotros que somos cristianos: “Engañoso
es el corazón más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo
conocerá?” (17:9); y cada creyente verdadero debe
saber esto: Que si
descuidamos de nuestro corazón, no sólo “se
endure(cera) por el engaño del pecado” (Hebreos 3:13),
pero hará también lo
que es consecuente con nuestra naturaleza pecadora. Pero como David
tenemos que
ver esto; de otro modo seremos engañados en pensar que no es
nuestra propia
culpa que pecamos, y seremos inclinados a culpar alguien o algo
más por
nuestros pecados. También, otra cosa que somos capaces de hacer
es de mirar a
nuestra propia reformación de nuestra vidas pecadoras y por lo
tanto, que no hay
la necesidad de llamar a Dios para cambiar nuestros corazones.
Todavía, ¿cuántos
de nosotros ha encontrado la imposibilidad de crear un corazón
limpio en
nosotros de nuestros propios esfuerzos? Como Job dice es todavía
verdad: “¿Quién podrá sacar
algo limpio de lo
inmundo? Nadie” (14:4). Eso, amados, ¡es la experiencia
de todo santo de
Dios!
En
el segundo lugar, notamos
que David desea “un corazón limpio”.
Oh, no sólo debemos desear de quitarnos nuestro corazón
vil y depravado, pero ¡también
en tener un corazón "puro"! Eso es la evidencia de uno que ha
nacido
otra vez; porque una vez que nos es revelado la suciedad de nuestro
corazón, queremos
deshacernos de ello y tener “un corazón
limpio” en su lugar. 'La idea es, sin embargo, no que una
nueva
"sustancia" quizás sea traída en existencia a lo cual el
nombre de
"un corazón limpio" le pueda ser dada, sino que él pueda
"tener" un corazón limpio; que su corazón pueda ser hecho
puro; que
sus afectos y los sentimientos puedan ser hechos rectos; que él
pueda tener de
lo que él es ahora consciente que él “no”
posee – un corazón limpio ni puro'
(Comentario de Barnes). Eso es lo que el pecado nos hace: No
sólo nos
desensibiliza a la gravedad de nuestra condición reincidida y
nos ciega a sus
consecuencias, pero una vez que somos dichos que “Tú
eres ese hombre” (2 Samuel 12:7) y confesamos: “Pequé
contra Jehová” (v.13), oraremos
como David: “Crea
en mí, oh Dios, un corazón limpio”.
Ahora somos hechos consciente
que verdaderamente mucho esta faltando en nuestros corazones a causa de
rendirnos
al pecado; y por lo tanto, no sólo hemos ofendimos a nuestro
Dios en ello, pero
hemos sido robados del gozo de Su salvación, y de la paz y el
consuelo. Pero
peor, Su amor no esta llenando nuestros corazones; no están
siendo purificados
por la fe, y en verdad el Espíritu de Su Hijo en nuestros
corazones no llora,
Abba, Padre a causa de su suciedad, y además de no estar andando
más en
santidad y justicia (ref. a Romanos 5:5; Hechos 15:9; Gálatas
4:6). No es de
extrañar, amados, siempre que Dios de Su gracia nos muestra la
fealdad de
nuestro corazón, nuestro clamar más humilde será, “Crea en mí, oh Dios, un
corazón limpio”.
Ahora,
en el tercer lugar, notamos que David reconoce que había
sólo uno que le
podría dar un corazón limpio: “Crea
en mí, oh Dios, un corazón limpio”. Es interesante
en ver que la palabra “crea” aquí
está la misma palabra como en Génesis 1:1, “En el
principio creó Dios los cielos y la tierra”. ¿Qué significa esto? Simplemente
quiere decir que la religión, la moralidad, la educación,
y nuestros deseos; o
en cuanto a eso, absolutamente nada o cualquiera nos puede dar “un
corazón limpio”. “¿Quién
podrá decir: Yo he limpiado mi corazón,
limpio estoy de mi pecado?” (Proverbios 20:9). ¡Absolutamente
nadie! Nuestra única esperanza es para el Creador del universo,
quien solo
puede dar trasplantes del corazón (Ezequiel 36:26) y hacernos
nuevas creaciones
en Cristo (2 Corintios 5:17) ejerza Su poder todopoderoso creador para
darnos “un
corazón limpio”; 'porque como la primera
obra de la conversión no es nada más que una
creación, o una producción de algo
nuevo, que no existía antes; así la
restauración de un reincidente, como
va por el mismo nombre, requiere el mismo poder; y como la
implantación de la
gracia al principio, y especialmente de fe, es una obra del poder
todopoderoso;
así el mismo poder debe ser ejercitado para traerlo en
ejercicio, después que
(él) ha caído en el pecado; para que pueda tratar de
nuevo con la sangre
purificadora del corazón de Cristo, que sólo lo puede
hacer limpio, y es lo que
aquí es significado' (Comentario de Juan Gill; mi
énfasis). Además, es por la
Palabra de Su poder como el Dios de toda gracia que somos hechos limpio
(Juan
15:3) y que somos santificados (17:17); y con lo cual somos dados un
corazón
limpio.
Pero
ahora, vamos hacer dos observaciones breves con respecto a nuestro
tema: 1) tenemos que ser hechos
consciente de nuestra necesidad; y 2)
tenemos que pedirlo. Uno, una
persona que no es consciente de su enfermedad no buscará a un
médico porque no
ven una necesidad para uno. Cuántas personas se han muerto
simplemente porque se
han descuidado de su salud; y luego cuando fueron hechos enterados de
ello, fue
demasiado tarde. Esto es verdad de pecadores perdidos y también
de
reincidentes. En cualquier caso, Dios tiene que enviar a un “Natán”,
como lo hizo con David (2
Samuel 12:1), para mostrarnos nuestra necesidad; y Dios puede utilizar
varios
medios para hablar con nosotros. Si Dios hubiera de dejarnos en nuestro
pecado
y reincidencia, nunca oraríamos como David hizo aquí. El
peligro, por supuesto,
es que podríamos morirnos en nuestro pecado; y eso sería
verdaderamente
trágico. Luego dos, tenemos que
clamar a Dios para suplir nuestra necesidad. A veces personas, en un
sentido,
pueden estar enterados de alguna necesidad en sus vidas pero al mismo
tiempo pueden
ser tan flojos acerca de ello que lo ignorarán por un tiempo. En
hacer esto en
nuestra relación con Dios puede hacer las cosas peores para
nosotros. Una vez
que somos hechos conscientes de nuestra condición reincidida,
necesitamos
aplicar inmediatamente a Su misericordia y gracia para renovar nuestro
amor
para Él y para restaurarnos a Él; y eso sólo
será verdad si somos dados “un corazón
limpio”.
La
pregunta que queda para ser contestada es esta: ¿Cómo
podemos saber que
Dios ha oído nuestra oración y nos ha dado un
corazón limpio? Bueno, podríamos
dar una lista larga acerca de esto, pero vamos solo a enumerar unos
pocos. 1. El gozo de Su salvación que
había
sido perdida será restaurada (v.12). 2.
Usted será un testigo fiel del Señor Jesús y
pecadores serán convertidos a Él
(v.13). 3. Usted tendrá una canto
alegre en el corazón y alabanzas en sus labios para Él
(vv.14, 15). 4. Usted tendrá las bellezas de la
mansedumbre y de la humildad del Señor en su vida. 5.
Usted tendrá un arrepentimiento sincero de sus pecados. 6. Usted se deleitará en la Palabra de
Dios una vez más. 7. Usted procurará
ser obediente y santo al Señor. Y finalmente, usted se
enamorará del Señor
Jesús para que Él una vez más llegue a ser su “primer amor” (Apocalipsis 2:4). Oh, podemos
continuar más y más,
pero que sea suficiente para ahora que estas cosas sólo pueden
ser verdad para
uno que tiene un corazón limpio; porque estas gracias
sólo pueden florecer y
dar sus perfumes en uno, “que con corazón
bueno y recto retienen la palabra oída, y llevan fruto con
paciencia” (Lucas
8:15) para la gloria de Dios como el Salmista: “Señor,
abre mis labios; y publicará mi boca tu alabanza”
(Salmo
51:15). Amén.
Oh,
amados, no demoremos más si nos encontramos como se hallo David;
sino
vamos a exclamar como él lo hizo en otro lugar: “Examíname,
oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis
pensamientos: Y
ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el
camino eterno”
(139:23, 24). No nos inclinemos en nuestra propia comprensión de
nuestra
relación con nuestro Dios, pero imploremos que Él nos
muestre en donde estamos,
y de cualquier y de cada pecado que hay en nuestras vidas, con la
intención de
apartarnos de nuestros malos caminos con un corazón quebrantado
y un espíritu
contrito. Sí, vamos a pedir con la confianza que “el
que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos
nosotros, ¿cómo no nos dará también con
Él todas las cosas?” (Romanos
8:32), inclusive un corazón limpio; vamos a creer con una fe
firme “que si pidiéremos alguna cosa conforme
a su
voluntad, Él nos oye. Y si sabemos
que Él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que
tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan
5:14, 15); y sí, vamos a implorar la sangre preciosa de Su Hijo
precioso y de
Su justicia para la purificación de nuestros pecados y la
restauración de nuestra
comunión con Él para que podamos andar con y antes de
Él con “un corazón limpio”, el cuál podemos tener en el Señor
Jesucristo a la gloria de Dios
nuestro Padre. Amén.