Los Pecados de La Oración
2010Arturo Pink
Septiembre, 1947

Esperamos que este título excepcional asuste algunos de nuestros lectores y los sacude de su suficiencia. El hecho que es excepcional, es un comentario triste sobre las condiciones religiosas de esta edad. Mucho ha sido escrito durante nuestra vida de los privilegios y la potencia de la oración—considerablemente menos de la oración como un deber y las condiciones que deben ser cumplidas para ser asegurado de una respuesta—pero casi nada de la santidad y la solemnidad de la oración, especialmente por la línea de advertir a los hijos de Dios contra los pecados que cometen al pedir "mal" (Santiago 4:3). Y todavía, una reflejo pequeña debe convencer al joven cristiano que aquí, también, la carne debe ser mortificada, el corazón avivado, y la comprensión iluminada, si ha de orar aceptablemente a Dios. 

El mero hecho que es el Santo a quien se ha de acercar, nos llama para el ejercicio de la circunspección suprema, por temor que le insulte y le ofenda. En el Salmo 141:3, encontramos a David orando, "Pon guarda a mi boca, oh Jehová; Guarda la puerta de mis labios". Nos preguntamos cuántos de nuestros lectores pueden—sin escudriñarlo—describir el contexto. Probablemente muchos de ellos suponen que es una petición pidiendo a Dios que limite las lenguas revoltosas cuando en la presencia de nuestros compañeros: que podemos ser refrenados de la réplica enojada cuando provocados, guardados del mal de chisme ocioso, y del cuento, etc. En vez de eso, los versos anteriores no son de ninguna manera tratando de nuestra conversación con los hombres y mujeres. Algo mucho más pesado y solemne está allí en vista, a saber, el uso de nuestras lenguas cuando entramos en la oración—ve versos 1 y 2, y luego conecta verso 3. Es verdaderamente permisible hacer una aplicación y uso más anchos del verso 3—pero su referencia primera e inmediata está en nuestro orar. ¿Quién lo pensaría necesario para hacer esta petición en tal conexión: que después de preguntar, "Suba mi oración delante de ti como el incienso”, David deba agregar inmediatamente, "Pon guarda a mi boca, oh Jehová" (Salmo 141:2-3)?  

Oh, estimado lector, si la colocación de esa petición viene como una sorpresa a nosotros, ¿no indica esto qué necesidad urgente hay para nosotros probar NUESTRAS ideas de la "oración" por las Escrituras? ¿Reexaminar el asunto y tener nuestros pensamientos sobre ello formados por la Palabra? Si las lenguas son tan revoltosas cuando en la presencia de nuestros iguales, ¿no hay peligro de ellas entrando traspasando cuándo abrimos los labios antes del Dios Altísimo? Si nuestros corazones necesitan ser calentados, nuestra fe reforzada, nuestras mentes informadas, para orar bien — ¿no necesita también nuestro hablar ser dirigida y ser limitada? Permítanos ahora indicar algunos de los pecados más comunes.

1. Guarda la puerta de mis labios” de las oleadas de orgullo. El caso del Fariseo en Lucas 18 es una advertencia duradera contra el auto alabanza en la oración. Pero hay otras formas de fariseismo aparte de parlotear de nuestras obras buenas. Uno es, el "pretexto (de hacer) largas oraciones” (Lucas 20:47). Eso, por supuesto, tiene referencia de orar públicamente; y es allí que necesitamos estar de guardia contra las obras del orgullo. Ser utilizado para orar en la asamblea presenta una prueba muy real de carácter y una tentación poderosa para pecar. ¡A menos que uno sea sumamente cuidadoso—él se hallará orando a la congregación, en vez que al Señor! Es natural que uno desee hacer una impresión buena y convencer a sus compañeros de su piedad—pero la naturaleza debe ser reprimida cuando entramos en ejercicios santos. Es un burlar horrible de Dios cuando con el pretexto de derramar nuestros corazones antes de Él—procuramos realmente promover nuestra reputación antes de los hombres; como es también fatigar a los hermanos cuando hacemos "largas oraciones”. Se lleva gracia y valor para orar brevemente—cuando utilizados para orar públicamente.

2. Guarda la puerta de mis labios” de hacer promesas pocas meditadas a Dios. Cuántos sobre una cama de enfermedad o en estrechos severos, ha prometido a Dios ciertas cosas si Él lo entregaría—pero sólo fallar en el desempeño verdadero. ¡Aún en nuestro trato con los hombres, debemos pensar bien antes que hablemos, y seamos muy lento en comprometernos para el futuro; mucho más debemos estar cautelosos en hacer compromisos con Dios! "Mejor es que no prometas, a que prometas y no cumplas” (Eclesiastés 5:5). "Resoluciones santas de hacer la voluntad y la obra de Dios deben ser tomados en la fuerza de la gracia divina; pero prometer esto y aquello o la otra cosa, sería mejor ser dejado solo" (John Gill, 1697-1771). La Escritura suministra varias advertencias—especialmente el Nuevo Testamento, contra hacer promesas y votos precipitados a Dios: Jefté (Jueces 11:30-31), Herodes (Mateo 14:7-8), Ananías y Safira (Hechos 5), algunos de los judíos (Hechos 23:12). No haga promesas ni juramentos apresurados a Dios.  

3. Guarda la puerta de mis labios” del lenguaje de la insinceridad. No sólo debemos pensar antes que hablemos—pero asegurar que nuestras palabras expresan los deseos verdaderos de nuestras almas. El gran Buscador de los corazones no puede ser impuesto por las pretensiones de piedad. De tiempo pasado, Él se quejó, "Este pueblo se acerca a mí con su boca, y de labios me honra, pero su corazón lejos está de mí” (Mateo15:8). Pedir a Dios por algo que nosotros no sentimos la falta de ello, para simular el fervor levantando nuestras voces, para multiplicar palabras para llenar el tiempo—es de burlarnos de Él. ¡Repetir mecánicamente alguna forma de oración, o pronunciar fríamente peticiones indicadas—es una especie de hipocresía y un insulto grave al Omnisciente! Contra tales pecados, necesitamos mendigar seriamente a Dios que “guarde la puerta de (nuestros) labios”.  

4. Guarda la puerta de mis labios” del espíritu de irreverencia. De hecho hay una diferencia muy verdadera entre la intimidad santa con Dios y la libertad de expresión ante Él—y una familiaridad impía. No obstante, es tristemente fácil para el anterior degenerarse rápidamente a lo último. Dios es vestido con una majestad infinita y es inefablemente santo, y llega ser mal a un gusano de la tierra para acercarse y dirigirse a Él como si fuera Su igual. “Servid a Jehová con temor, y alegraos con temblor” (Salmo 2:11) es el mandato que ha sido colocado sobre nosotros. Es no sólo indecoroso, pero impío, en lanzarnos al Trono de Gracia sin realización debida del Majestuoso quien lo ocupa, y allí, charlotear las primeras cosas que entran en nuestras mentes. ¡Si los serafines velan las caras al pararse antes del Señor Todopoderoso, entonces que razón tenemos nosotros criaturas caídas para ejercitar la humildad, el temor santo, y la propiedad espiritual al suplicarle!  

5. Guarda la puerta de mis labios” de la ofrenda de peticiones carnales. Algunos afirman que la promesa de Cristo en Juan 14:13-14 es un "cheque blanco" que Él ha colocado en las manos de los creyentes, que "pueden llenar para lo que le complacen, y que Dios esta comprometido para honrarlo". Pero eso es una perversión horrible de una ordenanza sagrada. Dios no ha designado la oración como medios por lo cual podemos satisfacer nuestros afectos corruptos: "Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).

En orar por la vida larga para que puédanos disfrutar del mundo; por la prosperidad en el negocio para que puédanos mejorar nuestro estatus social; por la riqueza para que puédanos satisfacer nuestra vanidad—es "pedir mal”. Podemos orar por las cosas espirituales de motivos carnales y con fines carnales: como solicitar más luz de la Palabra para que nuestra reputación personal pueda ser avanzada; o por más gracia para que puédanos cortar una mejor figura ante los cristianos compañeros. A menos que tengamos la gloria de Dios en la vista—nuestros motivos y diseños son carnales.

6. Guarda la puerta de mis labios” del ejercicio de la obstinación. El diseño principal de la oración es de traer nuestros corazones en conformidad a Dios: "Si pidiéremos alguna cosa conforme a su voluntad, Él nos oye” (1 Juan 5:14). El doblar de la rodilla ante Dios importa la actitud del alma que requiere de nosotros, a saber, de una dependencia humilde y servilismo reconocido. El Trono de Gracia está disponible a los suplicantes, y no a dictadores. En pedir a Dios por algo que Su Palabra en ningún lugar justifica, o para insistir que regule Sus providencias según mis instancias—es una obstinación fétida. Mucho del tal llamado orar de esta edad degenerada—no es nada sino la impudencia y presunción patentes. No sólo es impío—sino peligroso, en insistir que Dios debe otorgar nuestras peticiones egoístas. Recuerde el caso de Israel: "Y Él les dio lo que pidieron; mas envió flaqueza en sus almas” (Salmo 106:15).

7. Guarda la puerta de mis labios” de las expresiones de incredulidad. No hay tanta necesidad para nosotros decir mucho sobre este punto: "Pero pida en fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es llevada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, el tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor” (Santiago1:6-7). “Pedir en fe” es de ejercitar la confianza en Dios, para ser asegurado de la legalidad de la cosa solicitada, para implorar y fiarse de los méritos de Cristo, en creer que Dios ciertamente dará aquello lo que será lo mayor para Su gloria y nuestro verdadero bien.  En "ondear" es de ceder a la duda, en cuestionar la bondad y la fidelidad de Dios; y ciertamente Él no colocará un premio en eso.  

¡Qué necesidad tiene tanto el escritor como el lector en mendigar a Dios que “guarda la puerta de mis labios”  para que no cometa cualquiera de los pecados de oración antes mencionados!