“Si yo cerrare los cielos,
que no haya lluvia, y si mandare á la langosta
que consuma la tierra, ó si enviare pestilencia á mi
pueblo; Si se humillare mi
pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi
rostro,
y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde
los cielos, y
perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2
Crónicas 7:13,14).
Aquellos
con cualquier interés en el
avivamiento, sin duda, han leído, orado, citado, y aún
quizas predicado, sobre
el texto anterior de Escritura llamando al pueblo de Dios de regresar
á Él. En
mis propias experiencias, frecuentemente he oído este texto como
un llamado a
los esfuerzos poderosos de oración para avivamiento. Esto es
todo muy bien, ya
que ningún avivamiento ha acontecido sin una temporada
precediente de oraciones
lagrimosas de parte del pueblo de Dios. En todo caso, temo que á
menudo hemos
pasado por alto que actualmente la oración es el seguno
paso hacia de alcanzar el oído de Dios; por supuesto, el
primero es que el pueblo de Dios “se
humillare”.
Hacemos un grande
deservicio á la causa de Cristo si
llamamos al pueblo de Dios á la oración sin primero
llamarlos de poner abajo su
soberbia. ¡Lo más cercas que la oración y la
soberbia jamás se juntarán es en
el diccionario! “Los ojos altivos” es
el primero en la lista de las siete cosas que son una
abominación á Jehová
(Proverbios 6:16-19). El Día del Señor es describido como
un día cuando “la altivez de los ojos del hombre
será
abatida, y la soberbia de los hombres será humillada”
(Isaiás 2:11,17). El
Día de Cuentas del Señor será “sobre
todo
soberbio y altivo, y sobre todo ensalzado; y será abatido”
(v.12).
En Santiago 4:6 y en 1
Pedro 5:5, vemos que Dios
actualmente se opone al soberbio. Es común para muchos
cristianos hablar de
como Satanás está peleando en contra la iglesia hoy en
día, pero muchos serían
horrorizados en considerar el pensamiento que Dios mismo actualmente se
opondría
a los esfuerzos de ellos si abrigan la soberbia en sus corazones. En
hecho, los
pecados múltiples del pueblo de Dios lo causan que cierre Sus
oídos á las
oraciones multiplicadas de ellos (Isaiás 1:15). Temo que
aún nuestras oraciones
más fervientes no serán oídas en lo alto hasta que
estemos dispuestos de
humillarnos y tratar con nuestros pecados numerosos.
“Humillarnos”
– ¿Qué Quiere Decir Esto?
¿Qué
quiere actualmente decir para alguno
humillarse delante de Dios? Primero, en ser humillado delante de Dios
envuelve
el reconcocer los caminos santos de Dios en contraste á nuestros
caminos
pecaminosos. Nuestra soberbia se tiende en ver nuestra propia justicia,
nuestras propias buenas obras, nuestros propios planes e esquemas como
cosas
dignas de semejanza a Dios. La humildad es cuando vemos estas cosas
como Dios
mismo las vé, como verdaderamente son – infinitamente feas y
manchadas con el
pecado. Jonatán Edwards ha dicho, “Es por la (soberbia) que la
mente se
defiende a sí misma en otros errores, y se guarda a sí
misma encontra la luz,
por la cual podrá ser corregida y reclamada”.
En humillarnos es de ser
despertado de la decepción
que nuestra arrogancia ha creado. Un buen ejemplo de esto es la iglesia
de
Sardis describida en Apocalipsis 3:1-6. Cristo dice de ellos, “Yo conozco tus obras que tienes nombre que
vives, y estás muerto”. Esta iglesia había sido
convencida de su grandeza
por lo que otros habían dicho de ellos; ellos habían
desarrollado una
reputación de ser una iglesia que realmente estaba “viva”. Sin
imbargo, el
Señor de esa iglesia no era ladeado por la opinión
pública o impresionado por
los programas superficiales de esta iglesia. Si verdaderamente
habían buscado
lo que Cristo pensaba de ellos, habían sido humillados en saber
que realmente ellos
estaban muertos.
Nosotros no debemos de
confiar en la opinión pública
para persuadirnos de qué importante somos. La iglesia de
Laodicea describida en
Apocalipsis 3:14-22 había concluído que ellos eran
auto-suficientes sin la
ayuda del opinión de los de afuera. El engaño arrogante
de ellos es revelada
por Cristo en el versículo 17: “Porque tú
dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de
ninguna cosa;
y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego
y desnudo”.
La tragedia grande es hallada en las frases contrastantes “tú
dices” y “no conoces”.
Entonces, como la iglesia de Laodicea, multitudes hoy en día que
profesan ser
cristianos se van extensamente en jactarse acercas de sus alcances, sus
riquezas, sus capacidades, sus talentos y el prestigio de ellos.
Las iglesias modernas
competen en ser la más grande,
la más rápida en crecimiento, la más prosperada o
la mayor en notoriedad. No
economizan ningún gasto en levantar estadísticas, en
imprimir literatura, en
hacer radiodifusiones y proclamar qué ricos y opulentos
están en falta de nada.
¿Es éste el reporte que Cristo daría si le
buscamos por Su perspectiva?
¿Ensalzaría Él nuestras virtudes
e
aplaudaría nuestros esfuerzos tan ruidosamente como nosotros
mismos? O, ¿sería
Él más probable en descubrir el hecho de que realmente
somos “cuitados y miserables y pobres y ciegos y
desnudos”? Al comenzar de ignorar la opinión pública
y vernos en la luz de
la Palabra de Dios, y al cesár de creer nuestras autas-alabanzas
y ver lo que
Dios piensa de nosotros, comenzamos a ver lo que quiere decir que es
ser
humillado.
¿Realmente
Acordamos Con Dios?
No solo
tenemos que venir al lugar donde
reconocemos que nuestros caminos son impíos en contraste a los
caminos de Dios,
pero en segundo lugar, en ser humillado quiere decir de venir a un
lugar donde
estamos con Dios condenando nuestros caminos impíos. Cuando
Biblia habla de
confesar nuestro pecados en 1 Juan 1:9, la palabra griega quiere decir
“de
hablar la misma cosa como” o “de acordar”. Así que, cuando
confesamos nuestros
pecados a Dios, no quiere decir que le estamos informando de algo que
Él no
esta cauto. Quiere decir que estamos acordando con Él de algo
que Él vé muy
claro. Él tiene pleno conocimiento de que nuestro pecado es en
verdad pecado.
Él vé los
pecados que a nosotros están en tinieblas –
nuestra soberbia, nuestra concupiscencia, nuestra rebedía,
nuestra
desobediencia – como si estuvieran en el sol del medio día. La
confesión quiere
decir que dijemos con Dios, “Estos son pecados graves que ofenden Tu
santidad y
causaron el padecimiento y la muerte de Tu Hijo inocente y precioso”.
Por lo
tanto, el pecado no confesado puede ser caracterizado como una disputa
de
continuo con el todo-sabio Dios. Quiere decir que sabemos mejor que el
Santo de
que constituye la santidad verdadera.
Hoy en día hay un
espíritu de pulidad entre los que
profesan ser cristianos que tiene que ser echado fuera. No tenemos
dificultad
en condenar los pecados de otros, pero nuestra auto-justicia nos ha
hecho
callosos cuando viene de condenar sinceramente nuestro propios pecados.
Ningún
mejor otra ilustración puede ser dada que la del Rey David en 2
Samuel,
capítulos 11 y 12. Por casi un año David se había
revolcado en su adulterio,
asesinato y despecho de la Palabra de Dios antes que Dios enviara al
profeta
Natán para tratar con él.
Dios mostró a
David su pecado por un reporte
parabólico de un hombre rico con grandes rebaños quien
robó la borreja de una
oveja amada de un hombre pobre (vea 2 Samuel 12:1-4). David, siendo un
pastor
antecedente, sabía lo que era ver a animales rapaces tratando de
llevar a las
borregas de su propio rebaño, y él tuvo en varios
ocasiones levantarse y matar
al león o al oso que trataban de asolar sus borregas. Su enojo
era excitado y
amargamente denunció al hombre y le pronunció una
sentencia áspera sobre él
(v.5).
Era aquí que el
profeta tronó, “¡Tú eres el hombre!”
David sin saberlo había condenado sus propios transgresiones.
Nosotros, como
David, hemos venido a separar y escogido por Dios que pecados Él
realmente
aborrece. El cristiano moderno clama, “Dios realmente aborrece al
gobierno
liberal, el aborto, la homosexualidad, el feminismo militante, etc.” En
hecho,
estos son abominaciones para Él; pero, ¿qué
acontecería si volteavamos la luz
difusadora de la Palabra de Dios sobre la iglesia cristiana moderna?
¿La
Acción Política o La Proclamación del Evangelio?
¿Te
encolerizas porque el gobierno liberal
ha legislado a Dios fuera de sus instituciones? ¡Tú
eres el hombre! En el siglo primero, el gobierno no
permitía a
ningún dios ser adorado delante de César. Nuestros
hermanos cristianos eran
echados a los leónes porque rehusaban de renunciar el
Señor de ellos. La
estrategia del moderno discípulo americano es de brincar en la
arena y tratar
de consumirse a los leónes en el nombre de Cristo.
Pocos disputarán
que el gobierno de nuestra nación ha
venido a ser puramente pagano. Su hostilidad hacia Dios, y su
tolerancia hacia
la perversión de Su santa ley y su legalización de las
abominaciones más
groseras es prueba de esto. Bien que, en la iglesia la Gran
Comisión ha venido
a ser, “Por lo tanto, íd y peticiona al gobierno a regresar a
sus raíces
cristianas”. Aunque tan noble y patriótico se oye este
sentimiento, es una
afrenta a nuestro llamamiento en Cristo. Primero, nuestro ultraje a la
maldad
de esta nación es un testimonio de nuestra ignorancia. Un
entendimiento simple
de la doctrina Bíblica de la depravación total del hombre
explica esta
condición. ¿Por qué debemos de estár tan
horrorizados y sorprendidos en hallar
a los paganos impíos actuando como paganos impíos?
¿Por qué nosotros que
tenemos la luz de la Palabra de Dios estamos tan maravillados de los
hijos de
las tinieblas llendo más profundo en las tinieblas
En el segundo lugar, las
preguntas más sensibles deben
de ser, “¿Qué le ha pasado a la luz? ¿Ha perdido
su sabor la sal de la tierra?
¿Por qué la iglesia ha perdido su capacidad de voltear al
mundo al revés?” Es
interesante de notar que cuando el pueblo de Dios estaban en
rebeldía encontra
á Él, parecía que había una pregunta que
nadie preguntaba, “¿Dónde está
Jehová?” Vea Jeremías 2:6-8; aún aquellos quienes
conocían la ley no hacían la
pregunta, “¿Dónde está Jehová?” En nuestros
esfuerzos para establecer la
moralidad en nuestro gobierno (un esfuerzo que ha sido una falta
miserable
sobre las tres décadas pasadas), también nosotros, hemos
fallado sobre un
factor muy importante: No debemos de
estár tan concernidos de que si Dios está presente en la
Casa Blanca, o en el
Congreso o la Corte Suprema, sino que si Él está, o no,
presente en nuestras
iglesias. De una perspectiva divina, es reprehensible para los que
profesan
ser cristianos de clamar encontra la ausencia de Dios en las
instituciones del
gobierno, mientras Su santa presencia no es ni aún hecho menos
en la iglesia.
¿Tú
condenas el holocausto inmenso del aborto que
ensucia nuestra nación? El matar de niños no es una cosa
nueva; los profetas
del Antigüo Testamento frecuentemente tronaban encontra las
prácticas de los Israelitas
que sacrificaban a sus niños al ídolo Moloch (vea
Levítico 20:2.5; Jeremías
32:35; también Ezequiel 16:21; 20:26,31; 23:37). ¡Pero
tú eres el hombre! La iglesia hoy en día ha ignorado
la
verdad que hay otras maneras de destruír a los niños. En
este día malo, los
hogares de cristianos profesantes se han silenciado en enseñar a
sus hijos
acercas de las verdades vivificantes del evangelio. Los padres han
abandonado
la mayordomía de enseñar a sus hijos e hijas de amar al
Señor su Dios con todo
sus corazones, con toda sus almas, con todo sus mentes y con todas sus
fuerzas.
Pero, en aquél Día cuando Dios llame por una cuenta de
los hijos extraviados y
los jovenes rebeldes de esta generación, Él no
llamará a la media prejuciodada,
ni a un Hollywood corrumpido, ni a las escuelas impías del
gobierno, ni a los
músicos excesos del rock y rap, ni a los necios que estos
niños y jovenes han
hecho sus compañeros. Serán los padres – los papases y
las mamases – quienes
han de responder al Santo Juez.
¿Asesinato
del No-nacido o del Nuevo Nacido?
¿Verdaderamente
aborreces el asesinato de
los no-nacidos y eres repulsado por el desprecio flagrante por la vida
humana
en las clínicas de aborto? ¡Tú eres el
hombre! Si Dios hubiera de cargar un cartel y protestar una
“institución de
asesinato”, ¿en dónde pusiera Su “sentar”? Déja
que Su Palabra hable por sí
misma: “Cualquiera que aborrece
á su hermano, es homicida; y sabéis que
ningún homicida tiene vida eterna
permaneciente en sí” (1 Juan 3:15, mi
enfasis). Parecemos
de pensar que Dios está más entristecido sobre la matanza
de millones de fetos
que estár sobre la amargura, las divisiones, la falta del
perdón, las facciones
y el pelear que acontecen en muchas iglesias americanas en este
día.
Es fácil de amar a
los no-nacidos. Ellos abiertamente
no desconvenien contigo, ellos no dicen cosas para dañarte,
ellos no
manifiestan una conducta calculada para ofenderte, ni despliegan
algunas de las
obras de la carne en la iglesia. Vamos a enfrentarlo, ellos totalmente
no son
semejantes a aquella gente irritantes que tienes que ver día
tras día, semana
tras semana, a quienes eres forzado, por la virtud del hecho que Cristo
también
murió por ellos, en llamarlos “hermanos”. Sin imbargo, estos son
la misma gente
que eres mandado – mandado, haz de
entender – de amar como Cristo te amó. “Si
alguno dice, Yo amo á Dios, y aborrece á su hermano, es
mentiroso. Porque el
que no ama á su hermano al cual ha visto, ¿cómo
puede amar á Dios á quien no ha
visto?” (1 Juan 4:20).
Crusando por un Dios
Santo es una cosa; pero es
completamente una cosa diferente de ser humillado en la presencia de
ese Dios
Santo. El cruzado viene a ser molido y quebrantado en la vista de Su
santidad
pura. Esto es de lo mejor ilustrado en aquel pasaje clásico de
Isaías 6. El
capítulo 5 muestra a este siervo fiel de Jehová
pronunciando los ¡ayes! sobre
los hijos rebeldes de Judá (vea los versículos
8,11,18,20,21,22); pero cuando
viene en la presencia de Aquél quien es “Santo,
Santo, Santo”, no es sólo la nación rebelde de
Judá que es percibido como
inmundo. Isaías responde; “Ay de mí! Que
soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio
de pueblo
que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de
los ejércitos”
(6:5).
En la presencia del Rey
Santo, Isaías vió que no era
sólo la gente alrededor de él que eran inmundos;
él, también, estaba en ruina
por la polución de su propia alma. Los fuegos misioneros fueron
avivados en él
sólo después que un carbón limpiador del altar
recien usado había tocado sus
labios. Qué el día esté cercas cuando los siervos
de Dios vean que su propio
pecado es tan ofensivo como la del mundo, y que la iglesia otra vez
ministre
con una pasión nacida de la santidad, en vez de la auta-justicia.
Nuestra
Humildad y La Misericordia de Dios
El
principio final en cuanto a la humildad
es esta: En ser humillado quiere decir de presentarnos a un Dios quien
es
abundante de gracia y de misericordia. Enfrentando la fealdad de
nuestra
soberbia, rebelión e incredulidad es visto por mal en esta
cultura que ha hecho
un “auto-imagen” positivo una marca indispensable del cristianismo. El
quebrantamiento y la humildad son vistos como obstáculos al
verdadero
crecimiento espiritual en vez de requisitos para ello.
Pero es solo con los
quebrantados y de corazón
contrito que Dios ha acordado de morar (vea Isaías 57:15 y
66:2), y a esos Él
alegremente les dá la bienvenida. Tenemos que arrepentirnos de
la falsedad que
nos ha convencido que la iglesia sólo tiene unos cuantos errores
y alguna falta
de fianza para vencer, en vez de una multitud de pecados y
transgresiones de
que arrepentirnos. Roy Hession nos da grande ánimo en este
asunto:
“Algunos podrán
estár inclinados de preguntar o si es
justo de llamar a tales cosas como la auto-sentimiento interior, la
reserva, y
el temor, pecados. ‘Llamalos enfermedades, disabilidades, debilidades
temperamental, si quieres’, algunos han dicho, ‘pero no pecados. En hacer esto nos
llevará a la
esclavitud’. No obstante, lo contrario es verdad. Si estas
cosa no son pecados, entonces tenemos que soportarlas por el resto de
nuestras vidas;
no hay libertad de ellas. Pero si estas cosas y otras como ellas en
verdad son
pecados, entonces hay una Fuente para ellas, y podemos experienciar la
limpieza
de ellas, si las ponemos inmediatamente bajo Su sangre preciosa, el
momento que
somos conscientes de ellas. Y ellas son pecados. El origen de ellas es
la
incredulidad y una forma invertida de la soberbia, y ellas le han
escondido y
estorbado tiempos inumerable”. (The
Calvary Road, Christian Literature Crusade, 1988, p. 29).