Él es lánguido, pesado, grumoso -- todo pero muerto

(Carlos Spurgeon)

Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu caminoSalmo 119:37

Aparta mis ojos, que no vean la vanidad.”

Hay clases diversas de la vanidad. La tapa y las campanas del tonto; la alegría del mundo; el baile y la taza del disoluto. Todos estos sabemos ser las vanidades; ellos llevan su nombre propio y el título sobre su parte delantera. Mucho más traicionero, son esas cosas igualmente vanas -- los cuidados de este mundo y el engaño de las riquezas. Un hombre puede seguir la vanidad como tan sincero en su negocio -- ¡como en el teatro! Si él pasa la vida en amontonar riquezas -- él pasa sus días en una exposición vana. A menos que sigamos a Cristo, y hagamos a nuestro Dios el gran objeto de la vida -- sólo variamos en la apariencia, del más frívolo. Es claro que hay mucha necesidad de la primera oración de nuestro texto.

“Avívame
en tu camino.”

El Salmista confiesa que él es lánguido, pesado, grumoso -- todo pero muerto. Quizás, estimado lector, usted se siente lo mismo. Somos tan lentos que los mejores motivos no nos pueden avivar, aparte del Señor mismo. ¡Qué! ¿No me avivará el infierno? ¿Pensaré de pecadores pereciendo – y más no ser despertado? ¿No me avivará el cielo? ¿Puedo pensar de la gloria que espera al justo -- y mas ser frío? ¿No me avivará la muerte? ¿Puedo pensar yo de morir, y parar delante de mi Dios -- y más ser perezoso en el servicio de mi Maestro? ¿No me constriñera el amor de Cristo? ¿Puedo pensar en Sus estimadas heridas, puedo sentarme a los pies de Su cruz -- y no ser movido con fervor y celo? ¡Parece que sí! La mera consideración no nos puede avivar el celo -- sino Dios mismo lo debe de hacer, de ahí el clamor, “¡Avívame!”

El Salmista exhala su alma entera en súplicas vehementes -- su cuerpo y su alma se unen en la oración. “Aparta mis ojos,” dice el cuerpo. “Avívame,” clama el alma. Esta es una oración conveniente para cada día. O Señor, óyelo en mi caso este día.